El club de la lucha

Escrito por  , Publicado en Lenguaraces del Castillo

1. Compras muebles. Te dices a ti mismo: éste es el último sofá que necesitaré en toda mi vida. Compras el sofá y durante un par de años te sientes satisfecho de que, aunque no todo vaya bien, al menos has sabido solucionar el asunto del sofá. Luego, la vajilla adecuada. Luego, la cama perfecta. Las cortinas. La alfombra.

Finalmente, te quedas atrapado en tu precioso nido y los objetos que poseías ahora te poseen a ti.
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Sabiduría. Vacío. Un millón de americanos machacándose a puñetazo limpio. Carne morada, dientes sueltos. El club de la lucha como novela-rasgón. La gente le pregunta a Palahniuk dónde ingresar en un club de la lucha. La gente compra productos con el lema El club de la lucha. Paradójicamente, El club de la lucha vende y se ha hecho una película de El club de la lucha y El club de la lucha alimenta un millón de bocas americanas atrapadas entre mullidos sofás y camas perfectas. Y la primera regla del club de la lucha es no hablar del club de la lucha.  

El club de la lucha es ya una novela de culto y una película de culto. Casi todo el mundo ha visto primero la película, lo que supone a la hora de leer la novela un hándicap insalvable llegados al desenlace de tan bizarra historieta, pero qué se le va a hacer. A cambio, nos encontramos por escrito perlas de la sabiduría occidental como la que arriba hemos reseñado. ¿Sabiduría occidental, dixit? Bueno, la máxima de Descartes se replantea y adquiere nuevas perspectivas en la apresurada prosa de Palahniuk. Un ciudadano de hoy en día no puede decir otra cosa sino lo que escribe este novelista cuando se pone a pensar en ciertos asuntos. Entonces, ¿qué es la sabiduría? Saber que no se sabe. Saber que debajo de esta piel afeitada, este cuerpo venerado, este traje de ejecutivo agresivo (no he podido evitar la figura, lo siento), debajo de una rutina laboral muchas veces insoportable, fiestas de guardar, relojes de D&G, en busca de la parejita y mira que dormitorio más mono para los críos, debajo de mascotas con nombres repelentes, arquitectura interior zen, préstamos hipotecarios y encimeras de silestone, debajo de tanta morralla seguimos siendo (única y perfectamente) primates que disponen de un refinado sistema de comunicación (en comparación con los otros sistemas orgánicos de comunicación que conocemos, claro está).

O sea, que El club de la lucha nos cuenta la sucia historia de T**** D*****, un fulano con graves problemas de insomnio que cura su patetismo asistiendo a grupos de apoyo de enfermos terminales, fingiendo él mismo estar muriéndose hasta que un día conoce a una chica con la misma fea costumbre que él. Chico conoce chica. Manuales sobre cómo fabricar napalm casero (o nitroglicerina), hacer jabón con grasa humana (no, no es tan horrible como suena…, bueno, sí, sí lo es), cómo crear en tu localidad un club de la lucha, sacudirte hasta saltarte los dientes o agujerearte la mejilla y darte cuenta de que da igual, sigues sin saberlo, quizás la ames, quizás no. Quizás existas, quizás no. ¿Quién lo piensa hoy en día?

 

Se pueden contar muchas más cosas acerca de El club de la lucha. La novela se compone realmente de cuentos independientes en los que Palahniuk desarrolla las más estrambóticas de las gamberradas o los más inocentes atentados terroristas. Anarquía por escrito, la única anarquía que ha tenido éxito. El caso es que Palahniuk deconstruye la fea realidad a través de estos episodios epatantes con tanto acierto que no podemos dejar de esbozar una sonrisa malévola de aprobación. Y el caso es también que, entre los restos de esta demolición, vamos a sentirnos identificados tantas veces que nos va a dar miedo. Porque la historia de este perdedor americano es justo la historia que a los hombres (quiero recalcar lo de “hombres” le pese a quien le pese) les gustaría vivir. T**** te dice lo que tú hubieras querido decir y reconoce lo que tú te niegas a reconocer.

 

2. Y no era yo el único esclavizado por el instinto de construirse un nido. Personas que conozco y que solían llevarse pornografía al baño, ahora se llevan el catálogo de muebles de IKEA.

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Ironía. Vacío. Una lluvia de astillas y de piezas de Ikea chamuscadas. ¿En qué consiste vivir, existir? Pregunta mal enunciada, mejor decir: ¿en qué consiste ser humano? T**** D***** no lo sabe y enferma. Su rebelión interior es un síntoma del mal du siecle. Pero entonces conoce a Marla Singer y tiene que estar con ella y todo se precipita por el desagüe. Palahniuk se ríe de T**** D*****, se ríe del hombre moderno… o más bien se ríe de la modernidad del hombre porque Palahniuk es la modernidad del hombre. Su prosa es la modernidad del hombre, fruto pútrido de un tiempo que se va quedando sin tiempo, y Marla Singer es la modernidad del hombre. Una mujer arquetipo, rota, sucia, suicida, desaliñada, sexual. La puta modernidad. Catálogos de muebles y catálogos de muertes. ¿Podría ser eso El club de la lucha? La primera regla del club de la lucha es no hablar del club de la lucha.

T**** D***** habla, opina, cuenta que ha hecho esto y lo otro, cosas interesantes, terrorismo urbano, atentados de mal gusto contra las élites, habla de sí mismo y se confiesa escoria humana. ¿Qué es ser humano? Para T**** es ser escoria humana. T**** D***** sabe cosas, sabe hacer bombas y sabe abrir cerraduras. La credibilidad de la obra queda en entredicho en infinitud de ocasiones, pero vence el carisma de T**** D*****. Vence la escoria humana. Nos ha ganado. Nos tiene de su lado. Formamos parte del club de la lucha y todos odiamos a Marla Singer porque queremos formar parte del bando de los perdedores y queremos soñar con derrocar a los bancos, defenestrar a los poderosos, destruir este mundo y cazar alces en los bosques húmedos del cañón cercano a las ruinas del Rockefeller Center y encontrar almejas enterradas junto a los cuarenta y cinco grados de inclinación de la Aguja Espacial.

Vemos a los hombres de Palahniuk encerrados en jaulas, en ocasiones, animalizados (monos espaciales, llama a los seguidores de T****), en ocasiones, practicando el onanismo (solos o en compañía, da lo mismo), ejerciendo la vigilia, devorando la desesperación como lo hace la bestia enjaulada que enloquece dándole vueltas al cubículo del zoo de la lucha. No son felices, no pueden serlo, toda novela es la narrativa de la ausencia, por eso la literatura ha sobrevivido, porque nos habla de nosotros mismos, nos revela las ausencias. Luego, es sólo cuestión de pintarlas con el color que nos convenga. Unos ven a Dios manejando los hilos, otros lo ven distante y todopoderoso, un Dios al que no le importa la escoria humana; los demás, simplemente no lo ven.  

 

3. Debes tener en cuenta la posibilidad de no caerle bien a Dios. Pudiera ser que Dios nos odiara. No es lo peor que podría ocurrir. […] Si pudieras ser el peor enemigo de Dios o nada, ¿qué elegirías?

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Dios, vacío, paternidad. Para Palahniuk, Dios y el padre son figuras análogas. Él es homosexual y la relación que mantuvo con su progenitor fue típicamente americana (lo siento, chico, es la verdad). El padre y Dios comparten reproches y desavenencias, incluso comparten (desgraciadamente) martirio (y al que le pique la curiosidad por lo que acabo de decir, que indague en la biografía del escritor). Ambas figuras se hallan en el desencuentro, un cruce de caminos sin desembocadura, el punto candente de nuestra civilización sin Dios. Es mejor ser castigado que dejar de ser, visto de esa forma, el castigo es nuevamente una manera de demostrar amor. Mejor un Dios punitivo que un Dios indiferente. Mejor un padre punitivo que un padre indiferente. Una vuelta a la revolución. Dios existe y nos ignora. El padre dejará de ignorarnos si desafiamos su autoridad, si acabamos con él. En los mitos griegos (el semen de todos los principios), el hijo ha de acabar con el padre para ocupar su lugar en el trono. Y entonces habrá una lucha entre padre e hijo, aunque la primera regla del club de la lucha es no hablar del club de la lucha.

Curiosamente, las tropelías cada vez más peligrosas de T**** D***** y sus monos espaciales no son castigadas. Hay un conato de censura, pero es frenado a tiempo mediante otra tropelía. Por lo tanto, el Sistema en El club de la lucha también se muestra indiferente, probablemente porque Dios es el Sistema y el Padre y, por ende, es T**** D*****. Todos los acontecimientos de esta historia emanan de una lucha imposible contra el Sistema, puesto que, siendo el Sistema un Dios y un Padre, toda acción contra Él ha de ser llevada a cabo dentro de Él. ¿Será también una casualidad que nuestro narrador (recuerden: he dicho ‘narrador’, no ‘autor’) nos hable de todo lo que han hecho él y T**** D***** pero no actúe directamente? El encuadre se ajusta a las necesidades de la metaficción. El club de la lucha no deja de estar dentro del Sistema, y el Sistema no acabará con él porque le sirve. Todo está dentro del Sistema igual que todo es Dios. El Logo del que nos hablan intelectuales hodiernos como, por ejemplo, Naomi Klein es lKEA, la Capilla Sixtina del siglo XXI, Coca-Cola es la Mona Lisa del siglo XXI, la chispa de la vida, la luz, el Verbo. El Ciudadano es consumidor y consumido. Un Dios impasible ante la escoria humana, al que no le preocupa el tiempo que le dedican, cada vez más tiempo, horas y más horas para ver catálogos, buscar en Internet, visitar centros comerciales, trabajar a destajo. No hay entonces tiempo para pensar, para reaccionar, y, si reaccionas, la reacción formará parte del Sistema, como lo hace esta novela. Ya lo mencionamos al comienzo: El club de la lucha está en todos los sitios. El club de la lucha es, a día de hoy, otro logo, otra Mona Lisa que rinde pleitesía al Padre.

En El club de la lucha también el tiempo nos ha sido arrebatado, los acontecimientos no suceden, son contados. Al fin y al cabo, se habla de luchar, contra uno mismo y sus encasillamientos, contra otro hombre para volver a ser iguales, contra Dios, el Sistema y el Padre. Y de vencer.

Y sólo los perdedores hablan constantemente de la victoria.

 

4. Quiero que me dejes embarazada, Quiero tener un aborto tuyo.

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Refugio. Vacío. Condones en el retrete. Marla Singer con los ojos de un dibujo manga. El club de la lucha es una historia de amor. Qué se le va a hacer. Esto es así. Al final de tanta cara machacada, tanta grasa derramada, tanta escoria humana reconocida y confesa, es otra historia de amor más. El protagonista se tira la novela entera hablando, hablando, hablando de anarquía, de T**** D*****, de la vida moderna, de mear en las sopas de los restaurantes y de matar a tu jefe. Pero, finalmente, no tiene más remedio que sacrificarse, y no lo hará para destruir el sistema, sino por amor a una mujer desquiciada y enferma tan parecida a él, que da miedo. ¿Será Marla Singer otra fantasía? Supongamos que el club de la lucha es una fantasía. (No he dormido desde hace tres días, a no ser que esté durmiendo ahora, ¡viva La vida es sueño!). Entonces, no existe el club de la lucha… pero la gente habla con Palahniuk del club de la lucha, pese a que la primera regla del club de la lucha es no hablar del club de la lucha.    

Marla Singer se quema los brazos con cigarrillos y habla continuamente de morir pero, llegado el momento de enfrentarse a la verdad, tiene miedo y busca consuelo en T****. Marla Singer vive de la beneficencia y viste ropa usada mal confeccionada pero hermosa. Le gustan las mascotas abandonadas que se te acercan en las jaulas de las perreras y sueña con animales reventados en las carreteras. Marla Singer finge estar muriéndose aunque todos en realidad estamos muriéndonos y tuvo un novio que usaba uno de esos aparatos para alargar el pene. Marla Singer es la causa del nacimiento de Tyler Durden y la causa de su muerte, también.

 

5. Hay un montón de cosas que deseamos ignorar sobre la gente que queremos.

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Modificado por última vez enMiércoles, 11 Marzo 2020 12:52
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David Puertas Aguilar

Profesor del Ámbito de Lengua

Coordinador de Proyectos Erasmus+

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